
viernes, diciembre 23, 2011

La Huella del crimen
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Después de matar a 16 ancianas en un año (1988), un tribunal de Santander determinó que José Antonio Rodríguez Vega, por aquel entonces ya conocido como El Asesino de ancianas era culpable de violación, homicidio, robo… Citando la propia sentencia: “Debemos condenar y condenamos a José Antonio Rodríguez Vega como autor criminalmente responsable de 16 delitos de asesinato a la pena, por cada uno, de 26 años, 8 meses y un día de reclusión mayor”. Además, se añadieron condenas por delitos de abusos deshonestos y hurto. También se le obligó a indemnizar a los herederos de sus víctimas con una media de ocho millones de pesetas.
Ya había sido condenado previamente (el 20 de diciembre de 1979) por violación, tras ser descubierto como El violador de la Vespa. Una vez se le concedió la libertad condicional, se dedicó a captar la simpatía de mujeres ancianas de entre 60 y 90 años que vivían solas y a hacer todo lo que hemos visto, y después como ya sabemos, se llevaba objetos como trofeo. Se le capturó el 19 de agosto de 1988 y estuvo en prisión hasta el 25 de octubre de 2002. Vega se encontraba cumpliendo condena en la cárcel de Topas, en Salamanca. Ese día fue apuñalado por dos reclusos del centro, al parecer por incumplir dos "leyes" de los presos, ser un violador y trabajar de chivato para los funcionarios de prisiones. Fue enterrado en una fosa común al día siguiente, y sólo acudieron al entierro… los dos enterradores.
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| Versión digital del artículo de El País, de 1988, sobre la detención de El Asesino de ancianas |

martes, diciembre 20, 2011

La Huella del crimen
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El asesino que tratamos esta semana es muy distinto a la de la semana anterior, Aileen Wuornos. Esta vez, tenemos un psicópata motivado por el desprecio que sentía hacia su madre, lo que provocó que la muerte sí fuera el motivo del asesinato, no el robo –aunque también se llevó cosas algunas veces-.
Mató de muchas formas distintas hasta llegar a las 16 mujeres. Su característica distintiva es que normalmente concluía sus asesinatos tapando la boca y la nariz de sus víctimas (normalmente a mujeres mayores que no tenían la fuerza y agilidad para defenderse), para que el sujeto dejara de respirar y así provocarle una parada cardio-respiratoria. Abusó sexualmente de muchas de las ancianas que asesinó, y después acababa conscientemente el crimen: trasladaba los cuerpos de las ancianas hasta su cama, las tapaba, y les quitaba sus pertenencias –y no siempre las más caras, cosas del estilo estampita de San Pancracio o un llavero de la Virgen-.
En otras ocasiones, después de tapar a la víctima sí que se llevaba objetos de valor, como televisores o joyas. Entraba en las viviendas con pretextos habituales: llamaba a la puerta y decía que necesitaba asilo, repartía tarjetas ofreciendo sus servicios como albañil, preguntaba si el piso estaba a la venta o era alquilable, etc. Después, entablaba conversación con la anciana, sentía un impulso irrefrenable y se lanzaba sobre ella. Como veremos mañana, a una de ellas le introdujo un objeto no determinado en la vagina que le produjo la muerte. Algunas de las ancianas no murieron ahogadas, si no por infarto mientras José Antonio Rodríguez Vega, el Asesino de Ancianas de Santander… las toqueteaba.
Un interés por la tercera edad que va desde el desprecio, la aversión, el odio, hasta el deseo sexual y el impulso violento.